«... para que todos sean uno».
¿Cuál es nuestra aportación al cumplimiento de esta oración?
Ante
todo, hacerla nuestra. Podemos prestar labios y corazón a Jesús para
que continúe dirigiendo estas palabras al Padre y repetir cada día con
confianza su oración. La unidad es un don de lo Alto que hay que pedir
con fe sin cansarnos nunca.
Además
debe permanecer siempre en nuestros pensamientos y deseos. Si este es
el sueño de Dios, queremos que sea también nuestro sueño. De vez en
cuando, antes de cualquier decisión, de cada opción, podríamos
preguntarnos: ¿sirve para construir la unidad; es lo mejor con vistas a
la unidad?
Y
deberíamos acudir allá donde las desuniones sean más evidentes y cargar
con ellas, como hizo Jesús. Pueden ser roces en la familia o entre
personas que conocemos, tensiones que se viven en el barrio, desacuerdos
en el trabajo, en la parroquia, entre las Iglesias. No huyamos de las
discordias e incomprensiones, no permanezcamos indiferentes; llevemos
allí nuestro amor a base de escucha, de atención al otro, de compartir
el dolor que brota de esa herida.
Y
sobre todo, vivamos en unidad con todos los que estén dispuestos a
compartir el ideal de Jesús y su oración, sin dar importancia a
malentendidos o discrepancias, contentándonos con lo «menos perfecto en
unidad antes que lo más perfecto sin unidad», aceptando con alegría las
diferencias e incluso considerándolas una riqueza para una unidad que
nunca implica reducción a la uniformidad.
Sí,
a veces esto nos clavará en la cruz, pero ese es precisamente el camino
que Jesús eligió para recomponer la unidad de la familia humana, el
camino que también nosotros queremos recorrer con Él.
Es por la Unidad de todos por lo que vivió Antonio José. Leyendo su libro se puede apreciar en su conjunto que su vida la ofreció por la unidad. Gracias Antonio José. Este año Los Focolares tratan de propfundizar esta realidad del testamento de Jesús: Que todos sean Uno. Trataremos de profundizarlo teniendo como modelo a Antonio José. Nos ayudará.