«Pero
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando
nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo».
Si
Dios con nosotros es rico en misericordia y grande en el amor, también
nosotros estamos llamados a ser misericordiosos con los demás. Si Él ama
a personas malas, que son sus enemigas, también nosotros tendremos que
aprender a amar a quienes no son «amables», incluidos los enemigos. ¿No
nos dijo Jesús: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7)? ¿No nos pidió que fuésemos
«misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36)?
También Pablo invitaba a sus comunidades, elegidas y amadas por Dios, a
revestirse «de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre y
paciencia» (Col 3, 12).
Si
hemos creído en el amor de Dios, también nosotros podremos amar a
nuestra vez con ese amor que hace suya cualquier situación de dolor y de
necesidad, que todo lo excusa, que protege, que sabe ocuparse.
Viviendo
así podremos ser testigos del amor de Dios y ayudar a todos aquellos
con quienes nos encontremos a descubrir que, también con ellos, Dios es
rico en misericordia y grande en el amor.
FABIO CIARDI
En verano tenía la ilusión de ir a la
Mariápolis y los médicos ajustaron perfectamente las fechas para hacerlo
posible, pero dos días antes de ir a León el médico le dice que hay cambio de
planes y que tienen que alargar las sesiones de radioterapia. nos comenta este momento así, pienso que es justamente de esta manera que amaba las dificultades que pueden aportar las personas que no te caen bien, que te hacen alguna jugarreta, las trata siempre con Misericordia y consigue ir mas allá del dolor que momentáneamente te pueden producir:
"Te puedes imaginar lo que supuso para mí
la noticia, me daban ganas de irme abajo, de cabrearme, en el fondo en estos
días solo pensaba en la Mariápolis, como casi siempre esperaba el fruto, lo
bonito, pero ha sido una oportunidad preciosa de amar a Jesús Abandonado y esta
vez pienso que la he aprovechado mejor que otras veces, Jesús me pide
clarísimamente que me haga santo y no puedo defraudarle, ahora vivo entre la
tristeza de pensar en la Mariápolis, de estar con la gente que quiero y la
alegría de saber que es la VOLUNTAD de DIOS todo esto y que tengo que
santificarme por encima de mis gustos humanos".