sábado, 31 de enero de 2015

"Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios" (Rom 15, 7)

«Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».


También en nuestras comunidades cristianas, aunque todos somos «amados de Dios, llamados santos» (1, 7), se dan, igual que en las de Roma, desacuerdos y choques entre diferentes modos de ver y culturas en muchos casos distantes unas de otras. A menudo se contraponen los tradicionalistas y los innovadores -usando un lenguaje quizá un poco simplista pero fácilmente comprensible-, personas más abiertas y otras más cerradas, interesadas en un cristianismo más social o más espiritual; diversidades que son alimentadas por convicciones políticas y extracciones sociales diferentes. El fenómeno migratorio actual añade a nuestras asambleas litúrgicas y a los distintos grupos eclesiales más elementos de diversificación cultural y de procedencia geográfica.

La misma dinámica puede surgir en las relaciones entre cristianos de Iglesias distintas, pero también en la familia, en el ámbito laboral o en el político.

Entonces se insinúa la tentación de juzgar a quien no piensa como nosotros, o de consideramos superiores, en una estéril confrontación y exclusión recíproca.

Antonio José, hablándole a un numeroso grupo de chicos que querían las motivaciones que hacían actuar a los gen decía, poniendo como modelo la experiencia de Chiara Lubich:


Pero no siempre les pedía Dios que dieran la vida por otro, tantas veces les pedía pequeñas cosas como compartir los bienes materiales entre ellas o con los más necesitados o compartir los bienes espirituales, llorar con quien llora, reír con quien ríe, compartir las alegrías y los dolores con los demás, ayudar y comprender a los otros, son algunas ocasiones de morir un poco por cada uno.
Esta es la única forma de llevar a cabo nuestra revolución de Amor, dándonos a todos en cada momento, nuestra revolución no es de violencia, ni siquiera de palabras, es de obras, de obras de amor. Si queremos cambiar este mundo que no nos gusta corrompido e hipócrita, egoísta, por uno nuevo, distinto, donde reine el amor y la comprensión entre todos, donde todos seamos un solo cuerpo con Jesús en Medio entre nosotros, tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos, dando testimonio con nuestra vida, así conseguiremos convertir al mundo. Estas chicas, era tal su forma de vivir que sin ninguna clase de discursos a los dos meses eran 500 las personas que trataban de vivir como ellas, y hoy con tan solo 32 años de vida hay Gen en los cinco continentes y en más de 100 países, nosotros no decimos nada nuevo, lo que decimos se escribió hace 2000 años, solo que tratamos de convertir las frases del Evangelio en palabras de vida que tratamos de llevar a la práctica y en la medida en que seamos totalitarios en vivirlas, nuestra revolución de Amor se irá extendiendo como el fuego en un bosque.