miércoles, 6 de noviembre de 2013

«Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo»





PALABRA DE VIDA, noviembre 2013[1]
«Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4, 32).





Benevolencia: querer el bien del otro. Es «hacerse uno» con él, acercamos a él completamente vacíos de nosotros mismos, de nuestros intereses, de nuestras ideas, de tantos prejuicios que nos nublan la mirada, para cargar con sus pesos, sus necesidades, sus sufrimientos, para compartir sus alegrías.
Es entrar en el corazón de aquellos a quienes nos acercamos para comprender su mentalidad, su cultura, sus tradiciones, y hacerlas, en cierto modo, nuestras; para entender de verdad lo que necesitan y saber acoger esos valores que Dios ha depositado en el corazón de cada persona. En una palabra: vivir por quien tenemos al lado.
Misericordia: acoger al otro tal como es, no como quisiéramos que fuese, con un carácter distinto, con nuestras mismas ideas políticas, nuestras convicciones religiosas y sin esos defectos o esos modos de hacer que tanto nos irritan. No; hay que dilatar el corazón y hacerlo capaz de acoger a todos con su diversidad, sus limitaciones y miserias.
Perdón: ver al otro siempre nuevo. Ni siquiera en las convivencias más bellas y serenas -en la familia, en la escuela, en el trabajo- faltan momentos de fricción, divergencias, enfrentamientos. Llegamos a no dirigirnos la palabra, a evitar encontrarnos, por no hablar de cuando se arraiga en el corazón el odio en toda regla hacia quien no piensa como nosotros. El compromiso fuerte y exigente es tratar de ver cada día al hermano y a la hermana como si fuesen nuevos, novísimos, sin recordar en absoluto las ofensas recibidas, sino cubriéndolo todo con el amor, con una amnistía completa del corazón, a imitación de Dios, que perdona y olvida.


 Parte del comentario de Chiara Lubich

 Me parece que Antonio José lo expresa muy bien en este breve comentario:
Tengo que correr, que parar el tiempo, tengo conciencia de que si no vivo así estoy perdiendo el tiempo, estoy perdiendo la vida, porque solo hay una verdad por la que vale la pena la vida, y esa verdad es DIOS, DIOS-AMOR, tenemos que ser expresión del AMOR del Padre, viviendo según su Voluntad, solo haciendo su Voluntad divina tendrá sentido nuestra vida, y esto es lo que modestísimamente trato de hacer por aquí, vivir según lo que Jesús me hace comprender que es su Voluntad.