PALABRA
DE VIDA, noviembre 2013[1]
«Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros
como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4, 32).
Benevolencia: querer el bien del otro. Es
«hacerse uno» con él, acercamos a él completamente vacíos de nosotros mismos,
de nuestros intereses, de nuestras ideas, de tantos prejuicios que nos nublan
la mirada, para cargar con sus pesos, sus necesidades, sus sufrimientos, para
compartir sus alegrías.
Es entrar en el corazón de aquellos a quienes
nos acercamos para comprender su mentalidad, su cultura, sus tradiciones, y
hacerlas, en cierto modo, nuestras; para entender de verdad lo que necesitan y
saber acoger esos valores que Dios ha depositado en el corazón de cada persona.
En una palabra: vivir por quien tenemos al lado.
Misericordia: acoger al otro tal como es, no
como quisiéramos que fuese, con un carácter distinto, con nuestras mismas ideas
políticas, nuestras convicciones religiosas y sin esos defectos o esos modos de
hacer que tanto nos irritan. No; hay que dilatar el corazón y hacerlo capaz de
acoger a todos con su diversidad, sus limitaciones y miserias.
Perdón: ver al otro siempre nuevo. Ni siquiera
en las convivencias más bellas y serenas -en la familia, en la escuela, en el
trabajo- faltan momentos de fricción, divergencias, enfrentamientos. Llegamos a
no dirigirnos la palabra, a evitar encontrarnos, por no hablar de cuando se
arraiga en el corazón el odio en toda regla hacia quien no piensa como
nosotros. El compromiso fuerte y exigente es tratar de ver cada día al hermano
y a la hermana como si fuesen nuevos, novísimos, sin recordar en absoluto las
ofensas recibidas, sino cubriéndolo todo con el amor, con una amnistía completa
del corazón, a imitación de Dios, que perdona y olvida.
Parte del comentario de Chiara Lubich
Me parece que Antonio José lo expresa muy bien en este breve comentario:
Tengo que correr, que parar el tiempo, tengo
conciencia de que si no vivo así estoy perdiendo el tiempo, estoy perdiendo la
vida, porque solo hay una verdad por la que vale la pena la vida, y esa verdad
es DIOS, DIOS-AMOR, tenemos que ser expresión del AMOR del Padre, viviendo
según su Voluntad, solo haciendo su Voluntad divina tendrá sentido nuestra
vida, y esto es lo que modestísimamente trato de hacer por aquí, vivir según lo
que Jesús me hace comprender que es su Voluntad.