«Dad, y se os
dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida,
rebosante».
… recuerda que hay que dar
desinteresadamente, sin esperar nada a cambio, a cualquiera que pida.
Haz la prueba. Pero no lo hagas para
comprobar el resultado, sino porque amas a Dios.
Me dirás: «Si yo no tengo nada».
No es verdad. Si queremos, tenemos
tesoros inagotables: nuestro tiempo libre, nuestro corazón, nuestra
sonrisa, nuestro consejo, nuestra cultura, nuestra paz, nuestra
palabra para convencer a quien tiene de que dé a quien no tiene...
Me dirás entonces: «No sé a quién
dar».
Mira alrededor de ti: ¿te acuerdas de
aquel enfermo hospitalizado, de esa señora viuda siempre sola, de
aquel compañero tan deprimido por los suspensos, de aquel joven sin
trabajo, siempre tan triste, de tu hermano pequeño, que necesita
ayuda, de ese amigo que está en la cárcel, de ese aprendiz
inseguro? Cristo te espera en ellos.
Adopta ese comportamiento nuevo del
cristiano que rezuma en todo el Evangelio y que es lo opuesto a
encerrarse en uno mismo y a preocuparse. Renuncia a depositar tu
seguridad en los bienes de la tierra y apóyate en Dios. Ahí se verá
tu fe en Él, que pronto será confirmada por el regalo que Él te
hará a su vez.
Antonio José lo hace con radicalidad:
“Hagamos muchos
paquetitos a Jesús”.
¿Los
paquetitos? Son los actos de amor hacia los demás.
Por
eso cada sonrisa, cada gesto hecho a un prójimo en el hospital es
como el amor que sale destilado por el dolor transformado y que no
deja entrever la prueba que se está librando dentro de él. Y ese Sí
que vuelve a dar a Dios es cada vez más radical, más consciente y
más maduro. En una de sus cartas escribe:
”Solo una cosa
sentía muy fuerte ayer noche y que incluso anoté en un trozo de
papel, es que lo mismo que Dios nos ha dado la vida y así lo
comprendemos nosotros, tenemos que estar en todo momento
absolutamente dispuestos a vivirla y a perderla si es preciso sólo
por Él y al decir sólo quiero decir romper con todo aquello que no
sea realmente voluntad suya (ambiciones materiales) tantas veces le
decimos sí a Dios pero no completamente porque dejamos en el corazón
espacio para el dinero, el poder, el orgullo o yo qué sé qué cosas
…y ahora sí que estoy dispuesto a darle el sí total y radical a
Dios, creo que ya he perdido las ilusiones materiales, ahora sólo
quiero a Jesús y a las cosas o personas que sean reflejo suyo. Tú
quizás ya se lo diste hace tiempo pero quiero que lo demos ahora
otra vez juntos”.