jueves, 3 de mayo de 2012

“Yo he venido a traer fuego al mundo, y ¡cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo!” (Lc. 12, 49)


Buenas a todos!!

Siguiendo con este nuevo periodo que comenzamos hace ya dos meses, volvemos a publicar aquí una nueva palabra del Evangelio que nos proponemos juntos, durante este mes de Mayo, dedicado también a María.

Yo he venido a traer fuego al mundo, y ¡cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo!” (Lc. 12, 49)

Jesús nos da el Espíritu. Pero, ¿de qué modo actúa el Espíritu Santo? Lo hace infundiendo en nosotros el amor. Ese amor que nosotros, por deseo suyo, debemos mantener encendido en nuestros corazones.
Y. ¿cómo es este amor? […] Es un amor que no espera nada de los demás, sino que toma siempre la iniciativa, es el primero en amar. Es un amor que se hace uno con cada persona: sufre con ella, goza con ella, se preocupa por ella, espera con ella. Y lo hace concretamente, con hechos. Un amor por el cual se ama a Cristo en el hermano. […] Es un amor que tiende a la reciprocidad, a realizar con los demás el amor recíproco.

Antonio José recibió de Chiara, precisamente, el sobrenombre de “Fuego” (Fuoco), haciendo referencia sin duda a este fuego encendido que ya ardía en su corazón, y en el entusiasmo con el que amaba a cada uno de los que pasaban por su lado.

Nos escribe él mismo durante su enfermedad:

Me doy cuenta de que si no vivo el momento presente con solemnidad, si no hago “paquetitos” (actos de amor concretos por los demás) a cada momento, la vida se convierte en una sucesión de hechos, que van pasando rápidamente; ahora, si yo vivo a fondo cada instante y le mando cada acto de amor a Jesús, esos momentos no se pierden, sino que se van acumulando allá arriba, en el Cielo, y perduran por encima del tiempo.”