Buenas
a todos!!
Siguiendo con este nuevo
periodo que comenzamos hace ya dos meses, volvemos a publicar aquí
una nueva palabra del Evangelio que nos proponemos juntos, durante
este mes de Mayo, dedicado también a María.
“Yo
he venido a traer fuego al mundo, y ¡cómo me gustaría que ya
estuviera ardiendo!” (Lc. 12, 49)
Jesús
nos da el Espíritu. Pero, ¿de qué modo actúa el Espíritu Santo?
Lo hace infundiendo en nosotros el amor. Ese amor que nosotros, por
deseo suyo, debemos mantener encendido en nuestros corazones.
Y.
¿cómo es este amor? […] Es un amor que no espera nada de los
demás, sino que toma siempre la iniciativa, es el primero en amar.
Es un amor que se hace uno con cada persona: sufre con ella, goza con
ella, se preocupa por ella, espera con ella. Y lo hace concretamente,
con hechos. Un amor por el cual se ama a Cristo en el hermano. […]
Es un amor que tiende a la reciprocidad, a realizar con los demás el
amor recíproco.
Antonio
José recibió de Chiara, precisamente, el sobrenombre de “Fuego”
(Fuoco), haciendo referencia sin duda a este fuego encendido que ya
ardía en su corazón, y en el entusiasmo con el que amaba a cada uno
de los que pasaban por su lado.
Nos
escribe él mismo durante su enfermedad:
“Me
doy cuenta de que si no vivo el momento presente con solemnidad, si
no hago “paquetitos” (actos de amor concretos por los demás)
a cada momento, la vida se convierte en una sucesión de hechos, que
van pasando rápidamente; ahora, si yo vivo a fondo cada instante y
le mando cada acto de amor a Jesús, esos momentos no se pierden,
sino que se van acumulando allá arriba, en el Cielo, y perduran por
encima del tiempo.”