lunes, 13 de julio de 2009

"Ahora muchos le conocerán. Le reconocerán no como a una estrella inalcanzable sino - ¡eso sí! - como a un amigo...."

(Sigue el mismo argumento de Carlos Clariá)
Creo que no me equivocaba cuando después de ese coloquio en Granada afirmaba que Antonio era la persona más “más madura” del Movimiento de los Focolares en España. Sin saberlo, en él era ya realidad mucho de lo que iba a ser experimentado en los años sucesivos en el ámbito del Movimiento de los Focolares, llamado a establecer puentes de unidad con todos, más allá de cualquier diferencia, para vivir juntos una experiencia de fraternidad. Porque en el ámbito del Movimiento, Chiara Lubich anunciará recién en 1976 la apertura del dialogo con las fieles de otras religiones, y algunos meses después comenzará a desarrollarse el diálogo con los amigos de convicciones no religiosas. En realidad se están dando sólo los primeros y pequeños pasos después del anuncio. Pero Antonio ya poseía dentro de sí esas realidades, quizás sólo como semilla. Pero como una semilla que ya contiene todo el árbol.
Con su corazón joven y puro (el del “niño” evangélico) había sabido ir a beber directamente a la fuente, allí donde el agua surge. Allí había recibido lo que había pasado a ser también su propio ADN todo el contenido del don de Dios, del carisma de la unidad que ayuda a todos a volver a descubrirse hermanos, para actuar el último deseo de Jesús: “que todos sean una sola cosa”. La unidad de la familia humana.
El “curso acelerado” que Dios le había hecho recorrer a Antonio José había dilatado su corazón haciéndole capaz de acoger y comprender a todos.
Y cuando digo “a todos” no puedo dejar de pensar especialmente en los muchísimos jóvenes, chicos y chicas como Antonio José, llenos de vida, de inquietudes y de incertidumbres, de esperanzas y temores, muchas veces paralizados por la indiferencia. Pero en el fondo, siempre, con el deseo de amar y de ser amados.
Si le hubieran conocido… ¡cuántos de ellos también le hubieran abrazado!
Ahora muchos le conocerán. Le reconocerán no como a una estrella inalcanzable sino – ¡ eso sí! – como a un amigo y a un hermano algo excepcional. Como alguien que puede y quiere caminar con ellos, al lado de ello. Uno de ellos.