
ANTONIO JOSE LOMBARDO. 15 AÑOS UNA HUELLA. Aqui podreis conocer la vida y el pensamiento de Antonio Jose Lombardo, un chico de Granada que los 11 años se le diagnosticó una enfermedad que le llevaría en cuatro años a realizarse como persona. Muere en 1978, con 15 años demostrando como se puede ser feliz en cada momento presente, amando a los demás, olvidandose de los propios dolores, siendo así un don para todos.
lunes, 6 de julio de 2009
"...a lo mejor también nosotros podríamos adoptar un niño vietnamita..."
En la foto: Antonio José, protegido don un sombrero en Torrenueva. 

Otro episodio que hasta hoy me hace pensar. Me parece que también “viene a cuento”.
Me lo contaron sus padres.
Eran un período duro de la enfermedad, con el tiempo que a veces pasaba con cruel monotonía mientras Antonio José se esforzaba por mostrarse sereno y sonriente.
Estábamos en 1976 o 1977, en la época de los “boat people”, poco después de la conclusión de la terrible guerra del Vietnam. Eran millares los prófugos vietnamitas que querían abandonar el propio país desvastado por la guerra. La televisión mostraba a continuación escenas impactantes. En España, como en muchos otros países, había estallado una campaña humanitaria para que los niños vietnamitas huérfanos fueran adoptados. Se hablaba mucho del problema que suscitaba una fuerte ola de solidaridad.
Una tarde se hablaba de esta situación en la familia de Antonio y sus padres comentaron que “a lo mejor también nosotros podríamos adoptar un niño vietnamita”. Los hermanos pequeños, Francisco, Rocío y Juan Manuel, adhieren inmediatamente a la idea. Se entusiasman; comienzan a pensar cuál puede ser el nombre para el futuro hermanito.
A los padres no deja de sorprenderles que Antonio José, en cambio, permaneciera en silencio, serio. Desde luego, algo raro, porque Antonio era siempre el más decidido cuando se trataba de sostener este tipo de iniciativas.
“¿Qué pasa, Antonio? ¿Por qué no dices nada?”.
La respuesta no se hace esperar, más o menos en este tono: “Creo que es algo que no hay que tomar con superficialidad. No se puede acoger a un niño vietnamita como si se comprara un juguete. ¿Lo hemos pensado bien? ¿Queremos adoptar a un niño que ha sufrido el trauma de la guerra, que es huérfano y que arrastrará este problema durante toda su vida? ¿Nos damos cuenta de que este niño no es cristiano, no es católico, será probablemente budista y, por lo tanto, nosotros si lo adoptamos tendremos la obligación de respetarlo en su religión, de educarlo como a un budista? ¿Hemos pensado que seguramente tendrá costumbres muy diferentes de las nuestras, hasta en su modo de comer? Si después de haber pensado sobre todas estas cosas aceptamos la situación y lo adoptamos, entonces yo estaré contentísimo porque yo, personalmente, lo adoptaría. Pero antes tenemos que pensar en todo esto”.
También en este caso estoy seguro de que si en ese momento hubiera estado presente una persona budista, o también un judío, o un hindú, o un musulmán… ¡también ellos le hubieran abrazado!
Creo que se puede comprender mi estado de “sorpresa permanente” en contacto con Antonio José. Con sus catorce o quince años, sin saberlo, Antonio estaba expresando lo que la Iglesia ha ido profundizando en estos últimos tiempos de camino y de contacto con las personas pertenecientes a otras religiones. Es decir, el deseo de anunciar sin temor la novedad de Cristo y, al mismo tiempo, el saber hacerlo con un profundo respeto hacia la cultura y la fe de nuestros hermanos de otras religiones, sabiendo acoger y reconocer las llamadas “semillas del Verbo”, lo que Dios ha manifestado a esos pueblos, porque también ellos han sido y son amados por el Padre.
Porque como se afirma justamente, aunque Dios ha elegido el pueblo judío y Jesús allí se ha encarnado, iniciando la revolución del cristianismo, es verdad que Dios ama a todos, que Jesús ha dado su vida por todos. Puede haber un pueblo “elegido”, pero no hay ningún pueblo “abandonado” u “olvidado”, a los que no hayan sido manifestados “señales” de su Amor de Padre. (continuaremos con el argumento)
Me lo contaron sus padres.
Eran un período duro de la enfermedad, con el tiempo que a veces pasaba con cruel monotonía mientras Antonio José se esforzaba por mostrarse sereno y sonriente.
Estábamos en 1976 o 1977, en la época de los “boat people”, poco después de la conclusión de la terrible guerra del Vietnam. Eran millares los prófugos vietnamitas que querían abandonar el propio país desvastado por la guerra. La televisión mostraba a continuación escenas impactantes. En España, como en muchos otros países, había estallado una campaña humanitaria para que los niños vietnamitas huérfanos fueran adoptados. Se hablaba mucho del problema que suscitaba una fuerte ola de solidaridad.
Una tarde se hablaba de esta situación en la familia de Antonio y sus padres comentaron que “a lo mejor también nosotros podríamos adoptar un niño vietnamita”. Los hermanos pequeños, Francisco, Rocío y Juan Manuel, adhieren inmediatamente a la idea. Se entusiasman; comienzan a pensar cuál puede ser el nombre para el futuro hermanito.
A los padres no deja de sorprenderles que Antonio José, en cambio, permaneciera en silencio, serio. Desde luego, algo raro, porque Antonio era siempre el más decidido cuando se trataba de sostener este tipo de iniciativas.
“¿Qué pasa, Antonio? ¿Por qué no dices nada?”.
La respuesta no se hace esperar, más o menos en este tono: “Creo que es algo que no hay que tomar con superficialidad. No se puede acoger a un niño vietnamita como si se comprara un juguete. ¿Lo hemos pensado bien? ¿Queremos adoptar a un niño que ha sufrido el trauma de la guerra, que es huérfano y que arrastrará este problema durante toda su vida? ¿Nos damos cuenta de que este niño no es cristiano, no es católico, será probablemente budista y, por lo tanto, nosotros si lo adoptamos tendremos la obligación de respetarlo en su religión, de educarlo como a un budista? ¿Hemos pensado que seguramente tendrá costumbres muy diferentes de las nuestras, hasta en su modo de comer? Si después de haber pensado sobre todas estas cosas aceptamos la situación y lo adoptamos, entonces yo estaré contentísimo porque yo, personalmente, lo adoptaría. Pero antes tenemos que pensar en todo esto”.
También en este caso estoy seguro de que si en ese momento hubiera estado presente una persona budista, o también un judío, o un hindú, o un musulmán… ¡también ellos le hubieran abrazado!
Creo que se puede comprender mi estado de “sorpresa permanente” en contacto con Antonio José. Con sus catorce o quince años, sin saberlo, Antonio estaba expresando lo que la Iglesia ha ido profundizando en estos últimos tiempos de camino y de contacto con las personas pertenecientes a otras religiones. Es decir, el deseo de anunciar sin temor la novedad de Cristo y, al mismo tiempo, el saber hacerlo con un profundo respeto hacia la cultura y la fe de nuestros hermanos de otras religiones, sabiendo acoger y reconocer las llamadas “semillas del Verbo”, lo que Dios ha manifestado a esos pueblos, porque también ellos han sido y son amados por el Padre.
Porque como se afirma justamente, aunque Dios ha elegido el pueblo judío y Jesús allí se ha encarnado, iniciando la revolución del cristianismo, es verdad que Dios ama a todos, que Jesús ha dado su vida por todos. Puede haber un pueblo “elegido”, pero no hay ningún pueblo “abandonado” u “olvidado”, a los que no hayan sido manifestados “señales” de su Amor de Padre. (continuaremos con el argumento)