lunes, 22 de junio de 2009

“yo trato de amar, de amar… pero no veo nada… Dime si va bien así”.

Seguimos con la conversación de Carlos Clariá. Ahora toca un punto importante en la vida de Antonio José, las difíciles pruebas por las que se pueden pasar en la vida. Antonio José, también tuvo la prueba de la fe, de sentirse que mas allá de todo podía seguir amando, podía seguir el mensaje de Jesús, que es un mensaje que abarca toda la vida humana, mas allá de la creencia o increencia, es un mensaje válido para todos:

"Después de los años que viví con Antonio en España y después de la gracia, estando ya en Roma, de poder compartir muchas cosas con estos jóvenes de todo el mundo, tuve además la fortuna – ¡un verdadero regalo! – de vivir una experiencia extraordinaria de diálogo con hombres y mujeres sinceros y deseosos de dar la vida para defender y promover los valores humanos más profundos y auténticos: la paz, la solidaridad y la justicia, los derechos humanos, la defensa de los más necesitados, el esfuerzo por respetar y salvar la naturaleza, etc.
Hombres y mujeres, también jóvenes, con una experiencia inspirada por una cultura laica, sin una referencia a una fe religiosa. Con ellos viví momentos profundos, de verdadera amistad. Me atrevería a decir algo más, una relación de profunda fraternidad. Porque en el fondo ése era el esfuerzo conjunto: testimoniar que más allá de las motivaciones de nuestras conductas, nos reconocíamos profundamente hermanos y podíamos respetarnos y querernos como tales.
Pocas veces, como cuando estaba con ellos, que se definían agnósticos o no creyentes, sentí lo que significaba ser cristiano y que podía expresarles lo que era esencial en mi fe. Al mismo tiempo, precisamente por mi fe, pude abrirme a la experiencia de ellos con respeto sincero y desinteresado, aprendiendo mucho de cada uno, del esfuerzo por llevar una vida comprometida, guiados por la escucha atenta y coherente de la propia conciencia.
¡Cuánto respeto y estima, también por parte de ellos, para acoger lo que yo sentía y que, como hermano, podía ofrecer como algo vivido desde la inspiración de mi fe; porque no era algo “mío”, sino sencillamente un “don recibido”, que podía ser comunicado y ofrecido.
A este punto puedo imaginar que alguien se pueda estar preguntando: “¿Qué tiene que ver todo esto con la vida de Antonio José?”. Porque realmente parece que es algo que no viene a cuento.
Pero creo que si tiene algo que ver con toda esta historia. Porque estoy seguro de que si estos amigos míos hubieran conocido a Antonio, inmediatamente le hubieran reconocido como amigo y como hermano. Y le hubieran querido no menos de lo mucho que le quiero yo.
Imagino la escena si estos amigos hubieran estado presentes en Granada cuando en un momento del intervalo, durante un encuentro, Antonio me preguntó si podía hablar a solas conmigo. Para mí fue un momento “sagrado” en el que me confió lo más profundo de su alma. Pasaba un momento de gran oscuridad. Recuerdo que tuve la impresión que quien más cerca está del sol, más tiene la sensación de quedar ciego, de no ver nada. En ese momento, estando con Antonio José lo veía tan cerca de Dios, tan unido a Jesús, que él tenía la impresión de no ver absolutamente nada. Todo le aparecía oscuro.
Pero no era la actitud de quien dice “no creo” y basta. Me preguntaba: “Carlos, ¿te parece que va bien así?”. Me repetía: “yo trato de amar, de amar… pero no veo nada… Dime si va bien así”. Recuerdo que sus ojos brillaban iluminados por alguna lágrima. “Porque yo quiero amar a Jesús”, me repetía.
Sufría por la duda de no amar suficientemente a Jesús. Creo que no le dije nada. Sentía que no podía decirle nada porque él estaba en otra dimensión. Traté de estar con él, de vivir con él ese momento. Había una fuerte presencia de Dios entre nosotros. Él se serenó, estaba contento. Se secó las lágrimas y se dirigió de nuevo hacia los demás, como si nada hubiera ocurrido.
Para mí fue muy fuerte. Comenté a quien en Granada le estaba más cerca: “temo que Antonio partirá pronto... porque está más cerca del Cielo que de nosotros”.
Era cuando más cerca estaba de Dios, cuando su fe era inmensa porque más que nunca amaba y seguía amando, con un esfuerzo puro de su voluntad, y más que nunca le parecía que la fe le había abandonado. No veía…" (Seguiremos con este tema).