Continuamos con el capítulo de Carlos Clariá, iniciador de la idea de dar a conocer a Antonio José.
Lo curioso es que en los años en los que Antonio José vivía su “aventura”, eran muchos los jóvenes, a veces apenas chavales, que habían acogido la misma invitación. Hoy, muchos de ellos han concluido la propia experiencia terrena de manera ejemplar. E incluso, y esto es realmente sorprendente, son también varios los casos en los que se ha abierto, por parte de la Iglesia, el llamado “proceso de beatificación”. Sí, es curioso, porque en realidad nadie hubiera pensado a este aspecto más “institucional”, si podemos llamarlo así. ¡Lo que importaba era la vida y que toda ella fuera impregnada y transformada por el amor! “Generación de santos”, que aunque no estén “beatificados” o “canonizados” son personas que han realizado completamente el plan que Dios tenía sobre cada uno de ellos.
A veces todo comenzó por iniciativa de personas que ni siquiera habían conocido personalmente a estos muchachos y chicas que habían concluido ya “el propio viaje”, pero que tuvieron la posibilidad de conocerles a través del testimonio de los amigos con quienes estos “protagonistas” habían compartido la misma aventura. Al contacto con estos testimonios se habían sentido transformados radicalmente y querían que muchos otros les conocieran. Hasta que algunos obispos, en diferentes diócesis y países, consideraron oportuno iniciar este camino.
Así fue para María Orsola Bussone, nacida algunos años antes que Antonio José, en 1954, en el Piemonte italiano. Desde 1967 comienza su aventura gen… Está por cumplir sus dieciséis años cuando termina su viaje, accidentalmente, por la descarga eléctrica del secador que usaba mientras transcurría algunos días en un camping con sus jóvenes amigos. Lo había dicho muchas veces: “Quiero dar mi vida para que los jóvenes comprendan qué hermoso es amar a Dios”. Su “proceso” diocesano se abre en 1977.
Chiara “Luce” Badano, en cambio, nace en 1971 en un pueblecito cerca de Savona (Italia) y conoce a los gen cuando sólo tiene nueve años. Tiene dieciséis cuando se manifiesta una grave forma de tumor óseo, con consecuencias muy dolorosas e incluso con la pérdida del uso de sus piernas. Le confía a alguien cercano: “si tuviera que elegir entre volver a caminar o ir al Paraíso, no dudaría un instante: ir al Paraíso. Ahora me interesa sólo esto”. Alcanza su meta en 1990. Son centenares y centenares los muchachos y chicas que se sienten atraídos por su vida. Su “proceso” se inicia en 1999.
Daniela Zanetta, prácticamente de la edad de Antonio José, pues nace en un pueblo del norte de Italia en 1962. Tras su marcha, luego de una larga enfermedad, en apenas dos meses son más de 4000 las firmas que se recogen espontáneamente pidiendo que de alguna manera venga reconocida la autenticidad de su experiencia. En 2006 iniciará también su “proceso”.
Es original la experiencia de Alberto Michelotti y Carlos Grisolía. Concluyen su aventura prácticamente juntos, cómo la habían vivido formando parte del mismo grupo gen, en Génova. Alberto tiene dos años más que Carlos, son del 1958 y del 1960. Aceptan el desafío del Evangelio, sobre todo el de ayudarse – con todos los demás – a “hacerse santos juntos”. Escalando “en cordada”. Alberto “parte” como consecuencia de un accidente durante una excursión en la montaña, en 1980. Pocos días después, inesperadamente, en Carlos se manifiesta una forma grave de tumor. Se volverán a juntar en el Cielo sólo un mes después.
Alberto, cuando confiaba a sus amigos sus propósitos les decía “… tengo este momento para vivir, hay que saber apretar los dientes; aferrarse con las uñas a este momento presente que nunca consigo vivir bien. Jesús, yo siento que lo único que vale eres tú, tú que me quieres así como soy, tan lleno de defectos, de orgullo, de temores. Tú me amas, Jesús; yo no te dejaré nunca”. Y un mes antes de su muerte, después de haber vivido con los gen en un congreso internacional comentaba “… he decidido amar en las pequeñas cosas, con paz, con longanimidad… La única realidad que siento verdadera es la de “poner caridad”. Yo me he equivocado, he juzgado, a veces he dejado pasar veneno en mis relaciones con los demás… Le pido a Jesús, y a María, la gracia de volver a comenzar en seguida…. porque he decidido que quiero volver a comenzar, a amar y basta. Por amor buscaré la unidad con vosotros. Estoy dispuesto a dar la vida por vosotros”.
Carlos, con una personalidad sensible que más de una vez le hacía sufrir, “me parece que quedo encerrado en mis problemas que vuelvo a encontrar día tras día. Me siento destruido porque no consigo “salir” de mí mismo. Perdona por todas las veces que te hice sufrir por mi poca estabilidad… “. Su humildad fue premiada. En sus últimos cuarenta días en esta tierra, durante la experiencia de la fulminante enfermedad, Carlos se reveló, como afirmaba quien bien le conocía, “una persona completamente fuera de sí mismo, un joven gigante espiritual”. En ese período se convierte en el punto de referencia obligado para todos los gen y para toda la familia del Movimiento en Génova. Antes de partir, a los amigos gen reunidos a su alrededor, puede decirles: “Llegué al final. Quiero deciros que hay que estar dispuestos a dar la vida los unos por los otros. Yo ofrezco mi vida por vosotros, pero sobre todo por la humanidad que sufre, por los chicos de mi barrio, por el mundo unido”. Y a su madre, como saludo final, “mamá, ha llegado el momento de zambullirme en Dios”.
Para los dos en 2006 se ha iniciado un único proceso que quiere reconocer – y hacer conocer – esta experiencia extraordinaria que han concluido juntos.
Se podría continuar con la lista, con el riesgo de omitir a algunos. Porque además son muchos los casos en los que aunque no se haya llegado al “proceso” hay una confirmación que pasa de boca a boca y que testimonia que estos muchachos y chicas han realizado en pocos años todo el plan que Dios tenía pensado para cada uno de ellos. Tuve la posibilidad de conocer a muchos de ellos cuando, en Roma, estuve en contacto con millares de gen de los cinco continentes. A la conclusión del “viaje” de muchos de ellos se repetían los mismos efectos, se extendía la “fama de santidad”: y esto ocurría con muchachos y chicas europeos, o de varios países de las tres América, o de Africa, o de Corea y otros países asiáticos… ¡Cuántos nombres están allí, grabados, en la memoria y en el corazón!