Para el fin de semana no llegaron los libros para presentarlos en la parroquia de los Dolores.Ya os diremos.
(Seguimos con el tema de Carlos Clariá)
Una generación de santos “normales”, muchachos y chicas que han vivido la vida cotidiana como todos los muchachos y chicas de su edad. Alegres, divertidos, con sentido del humor y de la amistad… capaces de compartir todo lo bueno y generoso de la edad… exigentes con ellos mismos y sabiendo proponer a los demás metas que les ayudaran a caminar… Muchachos y chicas que comprendieron que se trataba de un camino que no había que recorrer solos sino con los demás, ayudados por los demás, ayudando a los demás. Que tuvieron sus fallos y tropiezos, los característicos de la edad, ¡no nacieron santos!, pero habían comprendido que lo fundamental era “volver a empezar”. ¿Cuántas veces? ¡Siempre! Volver a empezar. Volver a empezar. A veces lo repetían en italiano: “¡ricominciare!”
En el fondo habían comprendido, con el corazón puro de los niños y de los jóvenes, que Dios había sembrado una semilla nueva, un carisma nuevo, que abría nuevas posibilidades muy apropiadas para el mundo de hoy. Un camino nuevo en la iglesia y en la sociedad.
Habían intuido la belleza de la invitación de Chiara Lubich: “Éste es el gran atractivo del tiempo moderno: sumirse en la más alta contemplación y permanecer mezclado con todos, hombres entre los hombres… Perderse en la muchedumbre para informarla de lo divino, como se empapa una migaja de pan en el vino… Porque el atractivo de nuestro tiempo, como el de todos los tiempos, es lo más humano y lo más divino que se pueda pensar: Jesús y María, el Verbo de Dios, hijo de un carpintero; la Sede de la Sabiduría, ama de casa.”
Aceptar a Jesús, Dios, que se ha hecho hombre, como nosotros, para que en nuestra humanidad, normal y cotidiana, los demás puedan intuir por lo menos una gota de divino.