lunes, 1 de junio de 2009

Para dar a conocer la "huella" de Antonio José

AVISOS: Estuvimos reunidos la Comisión del libro de Antonio José. Cómo hos habían aconsejado que dieramos a conocer su vida, en particular a los jóvenes, contamos con vuestra ayuda, un primer paso ha sido ver la posibilidad de llevarlo a algunas parroquias que conocemos. El fin de semana del 6 y 7 lo llevaremos a la Parroqia de Nuestra Señora de los Dolores. Los horarios de las Misas serán, el sábado a las 8 de la tarde. El domingo a las 11,30 y 1 de la mañana y a las 8 de la tarde. Intentaremos presentarlo y darlo a conocer, hemos pedido 50 ejemplares mas a Ciudad Nueva pues nos quedan solo 9 de los 300 que nos enviaron.
Si alguien tiene alguna sugerencia para darlo a conocer le rogaríamos que nos lo diga y e intentaremos realizarla, si quieres puedes unirte a esta iniciativa, veremos juntos como puedes colaborar.

"...tú querías la santidad. Esa santidad que significa ser amor."

Seguimos con la conversación de Carlos Clariá, nos da las claves para entender mejor la vida de Antonio José:
Desde sus primeros contactos con los gen Antonio había escuchado que ellos, los más pequeños, que se llamaban gen 3, estaban llamados a formar una “generación de santos”. Era la invitación que desde 1971 les había lanzado Chiara Lubich, recordándoles repetidas veces que “la característica de los gen 3 debe ser la santidad” porque “para construir ciudades nuevas y un mundo nuevo, no son suficientes sólo los técnicos, los científicos y los políticos: se necesitan personas sabias, se necesita a los santos” (junio 1971).
Esta invitación le había quedado grabada en el corazón. Sin excesivos razonamientos, porque “la cuestión era vivir”. Para él era claro: se trataba de vivir el Evangelio. Se los había dicho Chiara precisamente cuando en Roma quiso regalar un pequeño Evangelio a cada uno de los gen presentes. También en su momento Antonio José recibirá este regalo. “Como muchas veces os dije, la característica de los gen 3 es y será la santidad. A la santidad se llega viviendo el Evangelio. Por eso os entrego un Evangelio a cada uno de vosotros. Vivid el Evangelio, amad estas palabras hasta aprenderlas de memoria. El Evangelio ha sido y será siempre el libro de la renovación de las personas y de la sociedad. Hay que nutrirse de él ya desde jóvenes para santificarse y cambiar el mundo” (1974). El objetivo es “vivir tan a fondo el Evangelio que cualquier persona que os vea pueda exclamar: "!Mira… otro pequeño Jesús que pasa por la tierra!”
Pero, estamos usando “palabras mayores. La santidad. Es fácil decirlo pero, ¿cómo alcanzarla? Era siempre Chiara quien en esos meses les iluminaba el camino y les indicaba los pasos concretos que había que ir dando: “¿Cómo hacer? Es sencillo: vivir el momento presente con solemnidad. Que significa: sin prisa, con perfección, viviéndolo por Jesús; sea lo que sea que nos pide el momento presente: trabajar, estudiar, amar, jugar, descansar… “Inmersos” dentro del momento presente, olvidemos el pasado y la fantasía del futuro. “Inmersos” en la voluntad de Dios del momento presente, no somos ya nosotros quienes vivimos sino Jesús que vive en nosotros. Y Jesús es el Santo” (Rocca di Papa, 25.6.1977)
Lo había entendido muy bien Antonio José. Desde entonces parecía que vivía un entrenamiento continuo en su palestra: en la normalidad de la vida de todos los días. Impregnando de amor cada momento, se tratase del dedicado al estudio, del encuentro con los amigos y amigas, del uso de las pocas pesetas de las que podía disponer en ese tiempo o del tratar de mantener cierto orden en su habitación y armonía en su modo de vestirse, del modo de mantenerse en forma, del momento en el que participaba a la Misa y recibía a Jesús en la Eucaristía. Todo importante, todo lleno de significado, si todo y cada cosa era expresión de su deseo de permanecer siempre en el amor.
Sobre todo para él era claro que no se trataba sólo de un desafío personal, individual. De hecho, se hablaba de “generación de santos”. “¡Queremos conseguir la santidad juntos, cueste lo que cueste!”, repetían los gen cuando estaban entre ellos.
Una experiencia vivida juntos, uno al lado de otro, unidos por el vínculo del amor recíproco: lo que era uno era también de todos y de cada uno de los otros. Dolores y alegrías, proyectos y dificultades… y, por lo tanto, era de todos el deseo más fuerte que llevaban en el corazón: “hacerse santos”. “Hacerse santos juntos”. Ayudarse a ser santos. No sorprende ver que Antonio José, con sus compañeros de aventura estuviera en continua comunicación: cartas, teléfono, experiencias que circulaban entre todos… Todavía no se usaba Internet, o los mensajes desde el móvil pero creo que estos nuevos medios no hubieran podido añadir nada a la intensidad de la experiencia que en esos años los gen vivían juntos.
Generación de santos. Un desafío que Antonio tenía muy presente.
Una “carrera”; había que conquistarla.
¡Cuántos esfuerzos!
Pero sobre todo, uno: estar siempre en el amor, permanecer en él, porque había comprendido que ése era el secreto. La “llave” que abría el secreto de la vida.
Era allí que anulaba su egoísmo, sus límites; en el fondo, no se trataba de un esfuerzo personal, ascético, orientado a ir quitando uno por uno sus eventuales defectos, sino de una apertura que dejaba entrar en él la plenitud de la luz. Sí, Antonio, “daba espacio” al otro. Por lo tanto, cada vez que lo hacía, ahí “ya no estaba más él”, porque en ese momento él vivía “inmerso” en el otro, se “hacía uno” con él, con sus intereses, dolores, exigencias y alegrías. De el no quedaba más nada. O, mejor dicho, se manifestaba de manera evidente su nueva, verdadera y luminosa personalidad, el “verdadero” Antonio José, impregnado y trasformado por el amor.
Antonio José: ¡hubieras reído de buena gana si te hubieras imaginado como un santo con su aureola dorada y con su imagen colocada en algún estratégico altar de una iglesia! Inmediatamente nos hubieras deleitado con algunas de tus salidas llenas de tu simpático humor andaluz y granadino.
Pero no se puede negarlo: Antonio, tú querías la santidad. Esa santidad que significa ser amor. Querías que fuera Cristo quien viviera en ti. Querías que en tí se pudieran ver testimoniadas las palabras revolucionarias del Evangelio. Esa medida que no tiene medida, porque es para todos y en la que todos pueden reconocerse.
¿Te acuerdas, Antonio? Lo repetíamos en ese tiempo, si todos los Evangelio del mundo por alguna circunstancia excepcional fueran destruidos, o perdidos, teníamos que vivir de manera que quien viera nuestras vidas pudiese volver a escribirlo palabra por palabra.