
Publicamos ahora el testimonio de Carlos Clariá que aparece en el libro, empezamos con esta carta que Carlos le escribe, se dirije a Antonio José, como si estuviera entre nosotros, así como lo sentimos. Creo que ahora, con la partida también de Carlos Clariá, su testimonio adquiere un valor mas grande, teniendo en cuenta que siempre fue fiel a sus ideales, 69 años de fidelidad, de generosidad al donar su vida, su futuro que se estába construyendo con Marvi, ... Todo para donarse totalmente a Dios y a los demás y seguir así durante toda la vida fiel a sus ideales. He aquí la carta:
¿Una generación de santos?
Querido Antonio José:
Estabas todavía aquí, entre nosotros. Nos escribíamos a menudo.
Cada vez que me llegaban algunas líneas tuyas era un momento especial.
Te respondía y siempre me dejabas con la misma sensación de sorpresa: a ti podía comunicarte todo, con la seguridad de que lo comprendías y sabías compartirlo. Curiosamente en esos momentos nunca pensé en los 20 años de diferencia de edad que existía entre nosotros.
Desde hace mucho no te he vuelto a escribir. Aunque, creo que lo sabes bien, has estado y estás siempre muy presente en mi vida.
Hoy siento fuerte el deseo de mandarte algunas líneas para comunicarte mi alegría.
Desde que partiste siempre quise dar a conocer tu extraordinaria experiencia al mayor nùmero posible de personas. Hacía poco que se habían concluido los maravillosos años de mi vida transcurridos en España. Desde hacía pocos meses había comenzado una nueva aventura en Roma.
Fue allí adonde me llegó la noticia: ¡tú habías partido!
En ese momento estaba en un congreso gen internacional con quinientos muchachos provenientes de todo el mundo que intentaban vivir la experiencia que tú habías culminado de manera ejemplar, extraordinaria.
Les hablé de ti, con todo el afecto y la admiración que en ese momento podía poner en mis palabras que brotaban espontáneas y cargadas de una fuerte conmoción. Palabras que querían expresarte mi profunda gratitud.
Desde entonces muchas veces quise hacer algo para que tu vida fuera conocida por muchos. Lo sentía fuertemente: tú deseabas seguir haciendo tu parte. “Seguir trabajando”. Me parece que así me lo decías. Me lo repetías. Querías seguir marchando al lado de muchos otros chicos y chicas, no sólo de España sino de todo el mundo, acompañándoles, ayudándoles especialmente en los momentos difíciles del camino.
Querías seguir haciendo lo que siempre habías hecho, cuando tu corazón desbordaba y hubieras querido anunciar a todo el mundo “tu gran descubrimiento”.
Varias veces intenté hacer algo con esa intención, traté de dar algunos pasos. Pero al final no se concretaba nada. Tú, con paciencia y delicadeza, esperabas. Pero me manifestabas que “querías seguir trabajando”.
Te lo confieso, querido Antonio José: me sentía en deuda contigo. En el fondo, sabía que no había hecho toda mi parte para darte la posibilidad de realizar tu deseo.
Finalmente, cuando menos lo esperaba, se entreabrió una pequeña puerta. Supe que en Granada, tu querida ciudad, se habían constituido recientemente dos centros del Movimiento de los Focolares. Poco después encontré en Roma a uno de sus responsables y, saludándole, me resultó espontáneo recordarle: “no olvidéis que en Granada lo tenéis, como a vuestro gran protector, a Antonio José Lombardo”.
Gracias a Dios, estas palabras cayeron en un corazón sensible, receptivo.
Fue como la chispa que provocó el incendio. O mejor dicho, fue como si una suave brisa hubiera encendido de repente la chispa que estaba siempre allí, ardiendo, esperando el momento justo para hacer estallar el incendio. ¿Cómo olvidar, Antonio, que el nombre con el que querías expresar tu nueva personalidad era precisamente el de “Fuoco”, como te lo decíamos en italiano? “Fuego”. El fuego comenzó a arder.
Tu nombre comenzó de nuevo a pasar de boca en boca. “Antonio José… Antonio José…”
Muchos no te habían olvidado. Estabas allí, presente, como la brasa, escondida, pero encendida.
Quien te había conocido volvía a recordar momentos inolvidables vividos contigo, a recuperar cartas que tú le habías enviado. Quien, en cambio, no había oído nunca tu nombre acogía con estupor lo que le venía referido. Tu testimonio era fuerte, actual, tocaba el corazón de quien lo recibía.
Tu familia volvió a ser uno de los cálidos rincones desde donde partía tu llama. Tus hermanos más pequeños “volvieron a conocerte, a descubrirte”. ¡Cuánto tiene que haberte alegrado esto! Te habrá costado mucho dejarles cuando aún ellos eran muy pequeños.
Se multiplicaron los encuentros. Se hizo conocer a muchos tu vida. Se interesaron jóvenes y adultos, incluso personalidades de la ciudad.
En fin, Antonio José, te saliste con la tuya y pudiste seguir “trabajando” como lo habías hecho antes. O aún más que antes. Y creo que todavía estamos viendo sólo el comienzo de una historia que nos deparará muchas sorpresas.
Este libro que ahora se publica será otro instrumento del que, estoy seguro, te servirás para llegar a muchísimos jóvenes, y no sólo a los jóvenes, para hacerles sentir que eres un amigo de cada uno de ellos, que les comprendes y les acompañas.
Gracias, querido Antonio José, por todo lo que fuiste y lo que eres para mí. Por tu testimonio de vida, por tu entrega totalitaria en una vida de máxima normalidad, por tu generosidad sin límites, por haber sido un muchacho de tu tiempo, fiel a la luz que habías encontrado y te hizo aspirar siempre a “las cosas más altas”. Al Amor.
Sigue “trabajando”, querido Antonio José. Acompáñanos, acompáñame.
Con inmensa gratitud,
Carlos