Me hubiera gustado mucho poder estar hoy con vosotros, en este momento tan especial en el que recordaréis a Antonio José.
Lamentablemente no me ha sido posible viajar. ¡Os acompaño desde Roma!
No sabes la alegría que siento sabiendo que estáis allí reunidos. Aunque desde que Antonio José nos acompaña desde el Cielo he sentido y siento muy fuerte su presencia, ahora me parece que se ha decidido a acompañarnos y ayudarnos con mayor fuerza y decisión.
He tenido la gracia de conocer a muy muchos jóvenes en los hermosos años que pasé en España y también, después, en los muchos en los que tuve un contacto directo con los jóvenes del Movimiento de los Focolares en todo el mundo. No sólo en Europa sino también en los otros cuatro continentes. Jóvenes estupendos, comprometidos con ideales grandes, entregados con una generosidad inmensa. Pero puedo afirmar que siempre Antonio José ha ocupado en mi vida un lugar muy especial: el de un joven excepcional en su gran normalidad.
Lo conocí cuando era un adolescente. Lo recuerdo por su inmediata simpatía y generosidad. Lo ví crecer humanamente y espiritualmente, velozmente, de manera asombrosa. En realidad seguía siendo un adolescente. Pero no nos dábamos cuenta. Con Antonio José, a pesar de la diferencia de edad, experimenté siempre una relación “de igual a igual”. Podía compartir todo con él, incluso las responsabilidades, y ponerlo al corriente de todo lo que tratábamos de vivir con muchas otras personas en España. No sólo lo que se refería a los jóvenes o adolescentes sino también a la vida y a los problemas de los adultos, de las familias, de seglares y sacerdotes… Se sentía que para Antonio José todo era “suyo”, vivía las experiencias de los demás como propias. Porque eran de su “gran familia”, con la que quería compartir la vida del Evangelio. ¡Vivir el Evangelio: ésta era su gran pasión!
Recuerdo el amor y la gratitud que sentía hacia su familia, hacia sus padres Herminia y Antonio, y hacia sus hermanos Paco, Rocío y Juan Manuel. Si tienes la posibilidad, te agradeceré mucho si les transmites mis saludos. Recuerdo el afecto profundo hacia sus amigos y compañeros de aventura. Su capacidad de aceptar y de valorizar a todos por lo que eran, respetando sus convicciones aunque fueran muy diferentes a las suyas.
En los últimos meses, Antonio José aceleró su carrera. De repente advertí que nuestra relación no era “de igual a igual”, sino entre hermanos – eso sí! – pero en una relación en la que él estaba mucho más adelante, era el más grande entre todos nosotros: más maduro, más santo. La experiencia profunda que vivía, la fidelidad al amor de Dios aún durante la prueba, su continua donación y capacidad de transformar el amor lo hacía aparecer, ante mis ojos, como un verdadero “gigante”. ¡Hoy usaría incluso una palabra más fuerte!
Estaba ya en Roma cuando Antonio José nos dejó físicamente. Recuerdo que pude comentarlo inmediatamente a un grupo de quinientos jóvenes provenientes de todo el mundo reunidos en un Congreso internacional. En el inmenso dolor por la separación, sentimos juntos, con certeza, que nuestro muy querido Antonio José había llegado al Paraíso y desde allí continuaría a ayudarnos. Como siempre y como estoy seguro que está haciendo ahora, con su incomparable simpatía y alegría. Alentándonos para que cada uno recorra con decisión su propio camino, hasta llegar a la meta.
Un saludo agradecido a todos.