ANTONIO JOSE LOMBARDO. 15 AÑOS UNA HUELLA. Aqui podreis conocer la vida y el pensamiento de Antonio Jose Lombardo, un chico de Granada que los 11 años se le diagnosticó una enfermedad que le llevaría en cuatro años a realizarse como persona. Muere en 1978, con 15 años demostrando como se puede ser feliz en cada momento presente, amando a los demás, olvidandose de los propios dolores, siendo así un don para todos.
lunes, 22 de octubre de 2007
¿Cómo fue la Conferencia del día 7?
Antonio José Lombardo, 29 años después
Unas 145 personas abarrotaron el domingo pasado el salón de actos de la Curia, en la Plaza Alonso Cano.
El motivo, como ya anunció Fiesta en sus páginas, el momento de diálogo organizado para recordar la figura de Antonio José Lombardo, un adolescente granadino que nos dejó el 7 de octubre de 1978, a los 15 años, víctima de un cáncer.
Pero, ¿qué podría tener de novedosa una historia que, por lo que relatamos hasta aquí, pertenece a la más absoluta cotidianeidad? Y sin embargo, para cualquiera que pasara por la plaza de la Catedral a las 10 de la mañana, sería evidente el clima de expectación…
De expectación… y de familia. Una familia, la de Antonio José, que era su familia física, pero también los jóvenes de entonces que compartieron su historia, su vida, y los jóvenes de ahora, que la están, que la estamos redescubriendo, entrelazados en esta mañana de domingo.
En la sala, acogidos por las palabras de Juan Miguel, un majísimo chaval de 20 años, en nombre de los grupos de jóvenes del Movimiento de los Focolares, que traza un ágil perfil de Antonio José y nos pone a todos delante de su alma sin prejuicios, totalmente abiertos, se desarrolla la conferencia. Vicente Correa, profesor de religión, que conoció a Antonio José con 10 años, nos narra la intensa experiencia de vida y espiritualidad de nuestro amigo. A través de sus escritos, de sus cartas desde el hospital, en Madrid, a sus amigos de Granada, se traza un itinerario; el de la encarnación en la vida de los puntos clave de la espiritualidad cristiana: la elección de Dios, el amor a su voluntad, la puesta en práctica de la Palabra, la Eucaristía, la experiencia de la presencia de Jesús donde dos o más están en su nombre, la apuesta radical, por tanto, por una vida de comunión, la prueba, las intensas luchas espirituales… la cruz, hasta identificar el propio dolor con el de Cristo crucificado y abandonado.
Luego, Juan Delgado, uno de los jóvenes de entonces, guía la mesa redonda, que nos va regalando escenas entrañables que delinean una época y una vida, que nos narran los que compartieron con Antonio José aquellos años, que vinieron cargados de dolor y de amor, para cada uno de ellos… la vida cotidiana del colegio de los Maristas, donde destacaba el tesón en los estudios de un Antonio José que inicia allí una fuerte experiencia de fe, la vida de los Lombardo, la fiesta y las partidas de dominó en casa al regreso de los tratamientos en Madrid, el cariño de la doctora que queda impactada por la seriedad con que este chaval afronta una enfermedad tan grave, las carreras por la Castellana en el Citroen de Consuelo para coger el tren de la una y media para Granada tras cada alta médica… la vida cotidiana del grupo de chicos y chicas que comparte la experiencia de Antonio José (en aquellos años adolescentes, y que ya son respetables padres y madres de familia, que hoy contienen de nuevo el aliento), las conversaciones, las confidencias a la salida de la misa de los Carmelitas, llenando de bullicio Martínez de la Rosa, la radicalidad de toda una generación de adolescentes que se habían conjurado para hacerse santos juntos…
Todo parece pararse cuando, con voz entrecortada, se lee, de una carta de la época, el testimonio de los últimos momentos de Antonio José, y de su funeral, una fiesta con la que dar gracias.
El tiempo parece haberse parado en un único segundo. Y allí todos los presentes, conteniendo la emoción, en un ambiente denso, cargado de gratitud, de vida, de una presencia fuerte de Antonio José, donde todos se sienten a gusto, pero también interpelados: los que compartieron aquella vida, los que se alejaron tal vez, los que ahora oyen hablar por primera vez de él… nadie queda indiferente, nadie siente a Antonio José como alguien ajeno, ni lejano.
Terminamos con lo que ha dejado escrito un misionero granadino en Corea, que ha conocido a Antonio José a través de un blog en Internet:
“…desde edad temprana se pueden no sólo concebir grandes ideales, sino realizarlos”
Unas 145 personas abarrotaron el domingo pasado el salón de actos de la Curia, en la Plaza Alonso Cano.
El motivo, como ya anunció Fiesta en sus páginas, el momento de diálogo organizado para recordar la figura de Antonio José Lombardo, un adolescente granadino que nos dejó el 7 de octubre de 1978, a los 15 años, víctima de un cáncer.
Pero, ¿qué podría tener de novedosa una historia que, por lo que relatamos hasta aquí, pertenece a la más absoluta cotidianeidad? Y sin embargo, para cualquiera que pasara por la plaza de la Catedral a las 10 de la mañana, sería evidente el clima de expectación…
De expectación… y de familia. Una familia, la de Antonio José, que era su familia física, pero también los jóvenes de entonces que compartieron su historia, su vida, y los jóvenes de ahora, que la están, que la estamos redescubriendo, entrelazados en esta mañana de domingo.
En la sala, acogidos por las palabras de Juan Miguel, un majísimo chaval de 20 años, en nombre de los grupos de jóvenes del Movimiento de los Focolares, que traza un ágil perfil de Antonio José y nos pone a todos delante de su alma sin prejuicios, totalmente abiertos, se desarrolla la conferencia. Vicente Correa, profesor de religión, que conoció a Antonio José con 10 años, nos narra la intensa experiencia de vida y espiritualidad de nuestro amigo. A través de sus escritos, de sus cartas desde el hospital, en Madrid, a sus amigos de Granada, se traza un itinerario; el de la encarnación en la vida de los puntos clave de la espiritualidad cristiana: la elección de Dios, el amor a su voluntad, la puesta en práctica de la Palabra, la Eucaristía, la experiencia de la presencia de Jesús donde dos o más están en su nombre, la apuesta radical, por tanto, por una vida de comunión, la prueba, las intensas luchas espirituales… la cruz, hasta identificar el propio dolor con el de Cristo crucificado y abandonado.
Luego, Juan Delgado, uno de los jóvenes de entonces, guía la mesa redonda, que nos va regalando escenas entrañables que delinean una época y una vida, que nos narran los que compartieron con Antonio José aquellos años, que vinieron cargados de dolor y de amor, para cada uno de ellos… la vida cotidiana del colegio de los Maristas, donde destacaba el tesón en los estudios de un Antonio José que inicia allí una fuerte experiencia de fe, la vida de los Lombardo, la fiesta y las partidas de dominó en casa al regreso de los tratamientos en Madrid, el cariño de la doctora que queda impactada por la seriedad con que este chaval afronta una enfermedad tan grave, las carreras por la Castellana en el Citroen de Consuelo para coger el tren de la una y media para Granada tras cada alta médica… la vida cotidiana del grupo de chicos y chicas que comparte la experiencia de Antonio José (en aquellos años adolescentes, y que ya son respetables padres y madres de familia, que hoy contienen de nuevo el aliento), las conversaciones, las confidencias a la salida de la misa de los Carmelitas, llenando de bullicio Martínez de la Rosa, la radicalidad de toda una generación de adolescentes que se habían conjurado para hacerse santos juntos…
Todo parece pararse cuando, con voz entrecortada, se lee, de una carta de la época, el testimonio de los últimos momentos de Antonio José, y de su funeral, una fiesta con la que dar gracias.
El tiempo parece haberse parado en un único segundo. Y allí todos los presentes, conteniendo la emoción, en un ambiente denso, cargado de gratitud, de vida, de una presencia fuerte de Antonio José, donde todos se sienten a gusto, pero también interpelados: los que compartieron aquella vida, los que se alejaron tal vez, los que ahora oyen hablar por primera vez de él… nadie queda indiferente, nadie siente a Antonio José como alguien ajeno, ni lejano.
Terminamos con lo que ha dejado escrito un misionero granadino en Corea, que ha conocido a Antonio José a través de un blog en Internet:
“…desde edad temprana se pueden no sólo concebir grandes ideales, sino realizarlos”